Cardenal Tobin: La Navidad es una época de alegría y Esperanza

Mis queridas hermanas y hermanos en Cristo,

Durante esta temporada de alegría y esperanza, se nos recuerda una vez más que Dios está más cerca de nosotros de lo que nos atrevemos a admitir. El Dios todopoderoso y omnisciente que creó el universo se ha convertido en uno de nosotros y uno con nosotros en la Encarnación de Jesús, el Verbo hecho carne. La intervención más profunda de Dios en la historia de la humanidad —y en la vida de cada uno de nosotros— demuestra sin lugar a dudas cuánto nos ama Dios.

El hecho de que Jesús haya nacido de forma tan humilde, en un establo rodeado de su amorosa familia, de marginados sociales (pastores) y de animales domésticos, es un escándalo según cualquier criterio humano. Estamos condicionados a buscar a Dios entre los ricos y poderosos, las “personas importantes” que gobiernan nuestra sociedad, impulsan nuestra economía y controlan instituciones influyentes como los medios de comunicación, las empresas, las escuelas, las agencias de salud y, sí, la Iglesia.

Pero Dios nos sorprende. Invierte nuestros valores, mostrándonos que los primeros serán los últimos, los humildes serán exaltados, los ricos serán enviados con las manos vacías y los pobres heredarán la Tierra y todos sus tesoros.

Durante una homilía pronunciada durante la celebración de las vísperas en la vigilia de la fiesta patronal de Nuestra Señora del Rosario de Pompeya (véase la selección más abajo), el Papa León XIV reflexionó sobre el deseo de Dios de involucrarnos en el misterio de nuestra salvación. Citando a San Agustín, el Santo Padre dice: “Dios nos creó sin nosotros, pero no nos salvará sin nosotros. Por lo tanto, estamos llamados a cooperar con Él viviendo una vida de gracia como sus hijos e hijas, aportando nuestra propia contribución al plan de salvación”. A través de la obra del Espíritu Santo, el todopoderoso Creador del Cielo y de la Tierra nos invita a ser corresponsables de nuestra redención y santificación en Cristo.

Los caminos de Dios no son nuestros caminos. Lo alto es bajo. Lo rico es pobre. El poder es servicio. Estos son los caminos de Dios, no los nuestros. Lo más asombroso de todas las paradojas divinas es que el Dios omnipotente viene a nosotros en la absoluta vulnerabilidad de un niño recién nacido, que no puede hacer nada por sí mismo y depende completamente del amoroso cuidado de su madre y su padre adoptivo.

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