Wisconsin volunteers help deliver food for Thanksgiving

Cuatro pasos para vivir el discipulado en Adviento

Durante el Adviento, las reflexiones tradicionales nos recuerdan que nuestro llamado a evangelizar implica esperar y vivir la anticipación. A medida que nos acercamos a la Navidad, revivimos la larga espera del pueblo judío por la llegada del Mesías. Las lecturas de la Misa y la Liturgia de las Horas nos recuerdan esa esperanza que ya se insinuaba en Génesis 3,15: “Pondré enemistad entre ti (la serpiente) y la mujer”. Este anhelo se intensificó con los profetas, especialmente Isaías, y alcanzó su punto culminante con la predicación de Juan el Bautista y el bautismo de Jesús.

Reflexionar sobre las profecías de la llegada del Mesías en el Antiguo Testamento nos permite dar gracias a Dios por vivir en este tiempo posterior a su llegada. Nos ayuda a valorar aún más a Jesús, el Hijo de Dios, que vino al mundo, caminó entre nosotros y sigue presente en las personas y en los sacramentos. Vivir en esta era postpentecostal nos invita a dar gracias, a esperar su segunda venida y a prepararnos para nuestro viaje final hacia la eternidad.

Y, sin embargo, podemos anticipar algo más. Este “algo más” implica una nueva actitud de espera, centrada en el ministerio de Jesús hacia los pobres y marginados. Nos invita a cambiar nuestra manera de esperar, dejando de mirar hacia un pasado lejano o un futuro distante, para concentrarnos en la espera que ocurre en la vida cotidiana. Durante el Adviento adoptamos esta nueva forma de esperar al anticipar las oportunidades diarias de acercarnos a los pobres en nuestras familias, vecindarios y lugares de trabajo. Esto supone cultivar una “actitud intencional de espera” aquí y ahora.

Abrir nuestros corazones a los pobres

Así, nos disponemos a aprovechar las oportunidades que nos permitan responder como lo hizo Jesús a la mujer con un problema de hemorragia, a la samaritana en el pozo o a los diez leprosos que se le acercaron. Esta actitud nos permite anticiparnos a los pobres que están entre nosotros y ayudarlos como lo hizo Jesús. De este modo, nuestra vida diaria se convierte en ocasión para vivir como discípulos cristianos, llamados a proclamar la Buena Nueva de Jesús a quienes encontramos cada día.

Esperamos con un corazón abierto a los pobres y marginados en quienes reconocemos al Señor resucitado, y les tendemos la mano. Servimos a los más necesitados cuando reconocemos a las personas pobres económica, psicológica, espiritual y físicamente como invitaciones vivas a servir a Jesús, que vive entre nosotros.

Podemos reconocerlo en una anciana que vive en una residencia para adultos mayores, en un adolescente que sufre problemas de adicción, en un cónyuge inseguro o en un vecino sin trabajo. El Adviento nos invita a poner nuestros actos cotidianos de misericordia bajo la luz del Evangelio, reconociendo a los necesitados, pobres y marginados como un puente que une la misión y el ministerio de Jesús con nuestro discipulado.

Cuatro actitudes que proporcionan un marco

Si bien este camino suele asociarse con el ministerio de los líderes de la Iglesia, puede aplicarse a todos los cristianos que buscan servir a sus hermanos y hermanas. Podemos describir el discipulado cristiano con cuatro palabras: acoger, acompañar, discernir e integrar. Estas palabras resumen las actitudes pastorales necesarias para enfrentar cualquier situación de dolor o sufrimiento y, juntas, nos ofrecen un nuevo modelo de discipulado cristiano.

Acompañamos a las personas a salir de momentos de dificultad hacia la vida renovada que brota del Espíritu Santo. Acoger es el punto de partida; acompañar ocurre al brindar apoyo a los necesitados; discernir ocurre al ayudarlos a reconocer la voluntad de Dios; e integrar es el resultado de facilitar su incorporación a la vida de la Iglesia.

El Espíritu Santo, en el centro de este proceso de evangelización, guía al padre, al hijo, al compañero de trabajo o al amigo al que asistimos. Nosotros somos los embajadores del Espíritu Santo.

En el contexto de la evangelización, las siguientes secciones profundizan en estas cuatro actitudes, muestran cómo se relacionan entre sí y presentan historias o ejemplos de cómo compartir la Buena Nueva de Jesús, especialmente con los más necesitados, mientras nos centramos en el Adviento y en nuestra respuesta como discípulos cristianos.

1. ACOGER

La familia es el lugar donde comienza y termina el camino del discípulo cristiano. Constituye el punto de partida, y desde allí se extiende hacia los vecinos, amigos, compañeros de trabajo y la comunidad parroquial.

Acoger comienza en el hogar. El niño toma conciencia de sus padres, hermanos y del entorno que lo rodeo antes de reconocer su propio yo. El ambiente familiar influye directamente en la formación de su identidad. Por eso es fundamental que los niños se sientan queridos y cuidados, incluso antes de desarrollar un sentido claro de sí mismos. El amor y el sentido de pertenencia sientan las bases de las relaciones humanas futuras y los introducen en una familia que los acoge y los ama.

A medida que los niños crecen, las relaciones y el ambiente del hogar desempeñan un papel fundamental en la manera en que se relacionan con los demás. Ya sea en casa, en el trabajo o en la iglesia, acoger es la base de una actitud positiva ante la vida.

El ambiente acogedor del hogar influye directamente en la formación religiosa y en las actitudes de los niños. Los rituales, las oraciones y los objetos de fe, como un crucifijo o una Biblia, son fundamentales para crear un hogar donde la fe se viva con naturalidad y calidez.

Para ilustrar la importancia que tiene acoger en el discipulado cristiano, quiero compartir una historia de mi infancia. Nuestro hogar y la pequeña tienda familiar de alimentos marcaron profundamente mis primeros años. Ambos formaban parte del ambiente familiar y sentaron las bases de la persona que soy hoy. Nuestra tienda, ubicada en el oeste de Cincinnati, era un lugar alegre donde los vecinos compraban productos y sabían que todos, sin importar su origen o condición, eran bienvenidos.

La antigua tienda ya no existe, pero los recuerdos permanecen. Ese espíritu de acogida que sentían quienes entraban sigue inspirándome en mi ministerio y me impulsa a recibir a todos con los brazos abiertos, especialmente en la Iglesia. Al recordar nuestro hogar y aquella tienda, comprendo con mayor profundidad cómo el amor de Dios y la bondad humana crean un ambiente de acogida y de vida nueva. Aplicado al discipulado cristiano, aprendemos que la hospitalidad es una actitud esencial en nuestro caminar como discípulos de Cristo.

Seguramente Jesús tenía una forma especial de acoger a los demás, especialmente a los pobres y necesitados que acudían a Él. Si queremos acercarnos a los pobres, es fundamental hacerles sentir que son bienvenidos.

De lo contrario, nuestros esfuerzos por evangelizar darán pocos frutos. El llamado al discipulado nos invita a ser personas acogedoras, ya sea en el hogar, en el vecindario o en la parroquia.

Además de la acogida que puede ofrecer cada cristiano, las parroquias en su conjunto también están llamadas a ser comunidades acogedoras. Esto va más allá del saludo del párroco a los feligreses antes o después de la Misa dominical. Incluye la manera en que la secretaria atiene el teléfono de la parroquia o si los grupos minoritarios se sienten realmente bienvenidos. El clima de toda la parroquia influye profundamente en esta actitud de acogida. Si este clima no es acogedor, los intentos de evangelizar se verán muy limitados. Acoger es el punto de partida, y el Adviento es un tiempo propicio para reflexionar sobre esto.

2. ACOMPAÑAR

La acogida es la base del acompañamiento, que también comienza en la familia, y se extiende al vecindario, al trabajo y a la comunidad parroquial. Los padres aprenden a acompañar a medida que crece su amor, y esa actitud se refleja en la manera en que se relacionan con todos los miembros de la familia.

Te invito a pensar en tu propia familia y en cómo viven el acompañamiento, mientras comparto una experiencia personal que viví en la primavera de 2016. Mi hermana Joan y yo viajábamos hacia Columbus, Ohio, para visitar a nuestro hermano Tom, que estaba muy enfermo en el Hospital Oncológico James. La incertidumbre llenaba nuestros corazones. Durante el trayecto teníamos presente también a nuestra otra hermana, Mary Ann, que se encontraba gravemente enferma en el Hospital Good Samaritan, en Cincinnati.

Cuando llegamos al hospital, nos detuvimos frente a la habitación de Tom. Al vernos, nos invitó a pasar con voz débil. Cuando los demás familiares y amigos se fueron, Joan y yo le preguntamos: “¿Quieres que recemos juntos?”. Él respondió: “¡por supuesto!”. Mientras rezábamos el Padrenuestro, no podía dejar de mirar sus labios temblorosos y la preocupación en el rostro de Joan.

Al llegar a las palabras “venga a nosotros tu Reino”, mi mente viajó unos 75 años atrás. Recordé a nuestra madre enseñándonos esta oración y rezándola junto a Mary Ann, Joan y Tom. Fue como si hubiéramos vuelto al pasado, a un momento crucial que nos unió como familia.

Pensar en mamá rezando con nosotros me hizo sentir de un modo muy profundo eso que el Papa Francisco llamaba acompañamiento, mientras decíamos: “Danos hoy nuestro pan de cada día”. A lo largo de la vida, los miembros de nuestra familia nos fuimos sosteniendo mutuamente en las alegrías y en las penas, gracias a la fe que nos transmitieron nuestros padres.

Cuando salí de la habitación de Tom aquel día, poco antes de que falleciera, comprendí con mayor claridad que la fe nace y se alimenta en la familia, donde aprendemos a crecer en el amor, la misericordia y el perdón a través de los acontecimientos cotidianos.

El acompañamiento, que nace y se fortalece en la familia cuando sus miembros se apoyan mutuamente, determina el modo en el que luego nos acercamos a los más necesitados para brindarles apoyo, especialmente en los momentos difíciles.

En un sentido amplio, el acompañamiento puede darse en muchas situaciones: ayudando a un estudiante con dificultades en matemáticas, consolando a un jugador de fútbol americano que se lesionó la rodilla, orientando a un joven sorprendido robando que busca cambiar su vida, aconsejando a una mujer viuda que se pregunta cuál será el siguiente paso en su vida, o escuchando a un católico divorciado que duda si volver a casarse. En todos estos casos, el discipulado cristiano nos invita a caminar junto a ellos y acompañarlos mientras buscan descubrir cómo actúa el Espíritu Santo en sus vidas.

3. DISCERNIR

El discernimiento es una cualidad esencial en el camino del discipulado cristiano. Se trata, sencillamente, del proceso mediante el cual intentamos distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo, lo verdadero y lo falso. A menudo, el discernimiento se centra en un hecho concreto, una manera de actuar o una decisión que debe tomarse. Puede tratarse de algo tan simple como ayudar a un niño a comprender por qué está mal mentir, o de algo tan complejo como afrontar un dilema ético. En todos los casos, el objetivo es ayudar a la persona a reconocer la guía del Espíritu Santo.

Cada uno tiene la responsabilidad de esforzarse por desarrollar una conciencia bien formada, es decir, iluminada por la acción del Espíritu Santo, las enseñanzas de la Iglesia, la sabiduría de personas santas o experimentadas y la Sagrada Escritura. En este proceso, la Iglesia nos enseña que el criterio último para determinar si alguien es moralmente responsable ante Dios es el juicio de su propia razón práctica. Esta decisión debe tomarse con sinceridad, atentos a la voz del Espíritu Santo.

El camino del discipulado cristiano implica cultivar una conciencia bien formada, muchas veces con la ayuda de otro cristiano comprometido. En esta relación entre quien busca orientación y quien acompaña, ambos deben abrirse a la sabiduría del Espíritu Santo. Desde la infancia hasta la vejez, la formación de la conciencia requiere discernimiento. Debemos hacer todo lo posible para reconocer cómo el Espíritu Santo nos impulsa y nos guía.

4. INTEGRAR

La integración significa que, para que el camino del discipulado alcance su plenitud, es necesario el contacto con una comunidad cristiana viva. Para el católico que busca acercarse a la fe o para quien se encuentra en una situación irregular, el apoyo de la comunidad, generalmente la parroquia, es fundamental.

¿Cuántas veces sucede que alguien que participa en el Rito de Iniciación Cristiana de Adultos (antes conocido como RICA) deja de asistir o se aleja poco después de haber sido recibido en la Iglesia? Esto muestra que la acogida, el acompañamiento y la decisión de formar parte de la Iglesia deben ir de la mano con la integración en la comunidad parroquial. De lo contrario, los frutos de la gracia recibida durante el proceso pueden perderse con el tiempo.

Algo similar ocurre cuando alguien que se ha alejado de la Iglesia desea regresar. Por lo general, ese proceso no se da de un día para otro. Ya sea con pequeños logros o grandes avances, quien acompaña a esa persona no debe rendirse, sino animarla a avanzar poco a poco hasta que descubra por sí misma el valor de retomar una vida activa de fe dentro de la comunidad eclesial.

Una persona divorciada y vuelta a casar fuera de la Iglesia, sin una declaración de nulidad, puede sentir el llamado del Espíritu Santo a regresar, aunque mientras viva en una situación irregular no pueda recibir la Comunión. En esos casos, quien la acompaña puede invitarla a participar de la Misa y a integrarse en otros aspectos de la vida parroquial.

Pasos como estos pueden, con el tiempo, abrir el camino hacia una plena comunión con la Iglesia, si su situación personal llega a cambiar.

El Adviento nos invita a evangelizar saliendo al encuentro de los más necesitados. Lo hacemos cuando vivimos la espera y la anticipación propias de este tiempo como una actitud interior que nos permite reconocer, cada día, nuevas oportunidades para acoger, acompañar, discernir e integrar a quienes más necesitan sentir el amor y la cercanía de la Iglesia.

Por el Padre Robert J. Hater, OSV News.


Imagen destacada: Voluntarios de las Damas de la Caridad del Condado de Calvert, Maryland, cargan pavos y otras provisiones en el auto de una persona necesitada en una despensa de alimentos el 20 de noviembre de 2021, realizada en los terrenos de la Iglesia Católica de San Antonio en North Beach. (Foto de OSV News/Bob Roller)

Translate »
Twitter
Visit Us
Follow Me
Tweet
Instagram
Youtube
Youtube