Cardenal Tobin: Nadie es rechazado en la familia de Dios

Mis queridas hermanas y hermanos en Cristo:

Toda vida humana es sagrada. Cada persona es un hijo de Dios que posee una dignidad y un valor incomparables—independientemente de su situación en la vida o de sus dones y talentos personales. Independientemente de quiénes seamos, de cuál sea nuestro origen, de nuestro estado de salud física, emocional o mental, de nuestros logros, de nuestra raza, religión o herencia cultural, de nuestra edad o de nuestra condición social, cada ser humano es precioso a los ojos de Dios y, por lo tanto, también debe ser valioso a los ojos de sus semejantes.

Nadie es rechazado por Dios. Su amor lo abarca todo.

Piensen por un momento en el poder de esas afirmaciones. ¿Puede ser cierto que Dios—que creó el universo en toda su inmensidad y complejidad—nos conoce y nos ama a todos y cada uno de nosotros, incluidos (o quizás especialmente) aquellos que hemos sido rechazados por padres, familias, comunidades o la sociedad en su conjunto?

¡Sí! Dios ve en nosotros (en todos nosotros, en cada uno de nosotros) algo que vale más de lo que podamos imaginar—algo que supera con creces la plata o el oro, el poder o el prestigio, la fama o la fortuna.

Cuando el papa León XIV celebró la Misa en la parroquia pontificia de Santo Tomás de Villanueva (Castel Gandolfo) el domingo 13 de julio de 2025 (véase más abajo), nos recordó que “obedecer los mandamientos del Señor y volver nuestra mente y nuestro corazón hacia él no implica multiplicar los actos externos, sino más bien mirar dentro de nuestro corazón y descubrir que allí Dios ha escrito su ley de amor”. En su comentario sobre la parábola del buen samaritano (Lc 10, 25-37), el papa León nos dice que la parábola trata realmente sobre la compasión. Dice:

Es cierto que la historia del Evangelio habla de la compasión que movió al samaritano a actuar, pero primero habla de cómo los demás consideraban al hombre herido que yacía en el borde del camino después de haber sido atacado por los ladrones. Se nos dice que un sacerdote y un levita “lo vieron y pasaron de largo” (v. 32). Sin embargo, del samaritano, el Evangelio dice: “lo vio y se compadeció de él” (v. 33).

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