Cardenal Tobin: Jesús es el Único cuyo perdón es redentor y da vida
Mis queridas hermanas y hermanos en Cristo,
Nosotros, como pecadores, debemos reconocer y aceptar que hemos traicionado a las personas más cercanas a nosotros—cónyuges, familiares, amigos, compañeros de trabajo y todos aquellos que han confiado en nosotros debido a nuestras funciones personales o públicas. Más a menudo de lo que queremos admitir, nuestras palabras y acciones hieren a las personas que amamos. A veces, nuestra indiferencia hacia las necesidades de los demás nos separa de ellos, creando muros donde se necesitan desesperadamente puentes. Sin duda, también hemos traicionado a nuestro Redentor, aquel que nos ha llamado a ser sus fieles discípulos misioneros.
Incluso los grandes santos se dan cuenta de que deben confesar sus traiciones e infidelidades al camino de vida que han elegido en Cristo. Simón Pedro es un ejemplo clásico. Negó a Jesús tres veces, traicionando a su Señor en el momento en que su lealtad era más necesaria. Jesús perdonó al hombre al que llamó Petrus (la roca), pero no sin antes desafiarlo tres veces a responder a la pregunta: “¿Me amas?”, y luego le instruyó para que, fiel y desinteresadamente, “apacentara sus ovejas”.
El papa León XIV destacó la traición humana durante su comentario en la Audiencia General (véase la selección más abajo) sobre una escena del Evangelio de San Marcos en la que Jesús dice a sus discípulos durante la Última Cena: “En verdad les digo que uno de ustedes me va a traicionar, uno de los que comen conmigo” (Mc 14, 18). El Santo Padre afirma que las “palabras fuertes” de Jesús no fueron pronunciadas para condenar a su traidor, que sabemos que es Judas, “sino para mostrar cómo el amor, cuando es verdadero, no puede prescindir de la verdad”.
La verdad es que todos incumplimos nuestras obligaciones con aquellos a quienes amamos. Jesús lo sabe y lo comprende. Él nos ve tal y como somos realmente—con nuestras fortalezas y debilidades, virtudes y vicios. No nos regaña ni nos reprende. En cambio, como dice el papa León, “no levanta la voz ni señala con el dedo”. Cuando Jesús nos mira, ve tanto nuestros fracasos como nuestro potencial de arrepentimiento, conversión y crecimiento en la santidad. Nuestro Redentor elige alentar lo bueno que hay en nosotros e invitarnos a ser santos y permanecer fieles a Él.
Consideremos las historias del Evangelio sobre grandes pecadores que se encontraron con Jesús (la mujer sorprendida en adulterio, Leví el recaudador de impuestos y muchos más). Nuestro Redentor no los juzga. Se acerca a los pecadores y los ama, y les ofrece la oportunidad de vivir de manera diferente como sus discípulos. Jesús siempre es retratado como Aquel cuyo amor es redentor y da vida. Su gracia sana las heridas que nos separan unos de otros y de Dios.
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