Cardenal Tobin: En la Eucaristía, nuestro Redentor se entrega a nosotros
El don de la Eucaristía y la muerte de nuestro Señor son, en el sentido más profundo, un mismo y único misterio. El amor que le llevó a morir por nosotros fue el mismo amor que le hizo entregarse a sí mismo como nuestro sustento. No bastó con darnos dones, palabras e instrucciones; se nos entregó también a sí mismo (Romano Guardini, El Señor. Meditaciones sobre la persona y la vida de Jesús).
Queridos hermanos y hermanas en Cristo,
El domingo 7 de junio, nuestra Iglesia celebra la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (Corpus Christi). Esta festividad se celebra de forma diferente según las culturas, pero lo que todas tienen en común es una profunda reverencia hacia la Sagrada Eucaristía, que se expresa con inmensa gratitud y gran alegría.
Ninguno de nosotros merece recibir a Cristo en la Eucaristía. La Sagrada Comunión es siempre un don totalmente inmerecido que recibimos por la gracia de Dios. Nada de lo que podamos hacer por nuestra propia iniciativa nos hace dignos de que el Señor entre en nuestros corazones. Lo único que podemos hacer es intentar estar preparados, intentar “permanecer despiertos” y estar atentos, e intentar ser verdaderamente agradecidos cuando nuestro Señor se nos entrega en el gran misterio eucarístico.
San Agustín nos exhorta a vivir como si fuéramos merecedores del don sacrificial que Cristo nos ha dado. Nos anima a cambiar nuestras vidas, tal y como él hizo, y a verlas como un camino progresivo de esperanza en el que “buscamos el rostro del Señor continuamente”.
Agustín sabía por experiencia propia que la conversión es un proceso que dura toda la vida. Luchamos con todas nuestras fuerzas por ser dignos del amor de Cristo y de los grandes dones que recibimos de él cada día.
Todos estos dones—la vida y el amor, la libertad y la felicidad, la verdad y la esperanza—nos llegan gratuitamente de la generosidad abundante de nuestro Dios. No hacemos nada para ganarnos la gracia de Dios. La recibimos gratuitamente porque, como enseña la Iglesia, la propia naturaleza de Dios es dar generosamente, sin exigir nada a cambio, simplemente porque nos ama.
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