Cardenal Tobin: Reconocer a Jesús en el rostro de los pobres

Mis queridas hermanas y hermanos en Cristo,

San Juan Pablo II escribió una vez: “Las necesidades de los pobres tienen prioridad sobre los deseos de los ricos”. Como Arzobispo de Newark, me he enfrentado al reto de estar más atento a las formas en que la pobreza afecta a las personas, familias y comunidades a las que estoy llamado a servir aquí, en nuestros cuatro condados del norte de Nueva Jersey.

Las condiciones sociales y económicas causadas por la pobreza en muchas de las comunidades de nuestra arquidiócesis han tenido graves consecuencias, como el aumento de la fabricación, la venta y el consumo de drogas; la violencia en nuestros hogares y en nuestras calles; y el consiguiente aumento de la población carcelaria de nuestro estado.

La pobreza multigeneracional, medida por el número de personas sometidas a tensiones económicas cuyos padres, abuelos y quizá bisabuelos también sufrieron una grave inestabilidad económica, es un problema grave. Su impacto en la dignidad humana, la estabilidad familiar y la salud de las comunidades es incalculable.

Los miembros de las familias que sufren la pobreza multigeneracional tienen muchas menos probabilidades de poseer los recursos internos e intangibles que les permitirán hacer realidad sus esperanzas y sueños, o de buscar y adquirir la educación, las habilidades para la vida y las oportunidades de empleo que están disponibles para otros miembros de sus comunidades y que son fundamentales para romper el ciclo de la pobreza. Sin las habilidades y experiencias necesarias para tomar decisiones personales y laborales positivas, las malas elecciones parecen predeterminadas, y el círculo vicioso de la pobreza permanece intacto.

Los Evangelios revelan que nuestro Señor sentía un amor especial por los pobres. Reconocía su sufrimiento y se compadecía de su soledad y su miedo. Nunca apartó la mirada de su difícil situación ni actuó como si no le importara. Nuestro Señor siempre estuvo con los pobres—consolando sus penas, curando sus heridas y alimentando sus cuerpos y sus almas.

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